En la casa que heredó de su padre, el gran arquitecto Augusto Álvarez, Javier Álvarez ha construido un estudio al fondo del jardín del cual salen conciertos y más conciertos. Adentro guarda sus partituras además de sus instrumentos…

–Tengo montones de guitarritas, mi computadora, pantallas, bocinas, porque también me gusta hacer música electroacústica, electrónica… Trabajo desde temprano en la mañana, porque a mí se me ocurren las cosas en la regadera. En la mañana las escribo. Después de comer ya no tengo esa claridad, en la tarde corrijo lo que hice en la mañana, lo pulo, y termino el día a las nueve de la noche. Trabajo todos los días, sábados y domingos medio día para poder hacerles caso a mis hijos, a mi mujer Daniela. He tenido que aprender a descansar.

–La vocación de tu hijo Tobías, ahora en Ciudad de México, en el Conservatorio Nacional, viene directamente de ti…

–Claro. Cuando Tobías era muy niño vivíamos en Inglaterra y todos nuestros amigos eran músicos. Vio entrar a la casa chelos, trompetas, trombones; fue a conciertos desde que estaba en la panza de su mamá. La música siempre le interesó, empezó a tocar el piano muy chiquito. Magali, su hermana, toca la trompeta. La vocación de Tobías es absoluta, muy definida, y está superpadre, porque ahora tenemos una cosa qué compartir muy fuerte, que es la música. Yo a su edad no tenía sus habilidades ni su capacidad. Tobías hace un ejercicio, que a lo mejor es convencional, pero lo plantea de manera que a él lo caracteriza. Justamente Rosalía de Castro decía que no hay nada nuevo bajo el sol y se preguntaba: ¿por qué escribo lo que escribo? Y se respondía a sí misma: Escribo porque tengo las ganas de escribir de la manera que yo escribo.

La academia en México

–¿Cuántos años de Conservatorio le tocan a Tobías?

–Ocho como mínimo. Una licenciatura siete u ocho años, la maestría dos o tres años.

–¿La maestría tiene que ser en otro país?

–Puede ser acá; dos universidades ofrecen maestría en música: la UNAM y la Universidad Veracruzana. Doctorados también pueden hacerse en la UNAM, pero no en la Veracruzana, o sea que los jarochos tienen que ir al extranjero. Un posdoctorado a lo mejor sí lo puedes hacer en la UNAM; es la única opción.

–¿Para tu formación tuviste que irte a Inglaterra? Si te hubieras quedado aquí, ¿te sepultan o qué?

–Si me hubiera quedado acá, en parte me hubieran sepultado o no habría tenido las oportunidades que tuve en Inglaterra y en Estados Unidos. Llegué a Inglaterra con un portafolio porque había terminado mi maestría en la Universidad de Wisconsin, en Milwaukee, con un compositor y maestro fabuloso que había estudiado con Nadia Boulanger en París, John Downy, francófilo total, y tuve la gran suerte de caer con él. Cuando llegué a Inglaterra ya tenía una obra: un concierto para corno francés y orquesta, y vi en uno de los paneles del Royal College que había un concurso, y mi concierto cabía perfecto en sus lineamientos, lo metí y gané. Obtuve buena cantidad de dinero, pero sobre todo, inmediatamente, un reconocimiento público sorprendente. No llevaba ni dos meses en Inglaterra cuando empecé a recibir encargos, me llamaban para que participara en tal o cual acto, que diera una conferencia aquí y allá. De la noche a la mañana, comencé a llevar una vida de compositor reconocido…

“Diez años después ya era parte del escenario inglés; mis obras se tocaban aquí y allá, como las de otros, no era más ni menos que nadie. Había un público mucho más cultivado, siempre dispuesto a escuchar tanto las obras de los establecidos como la de los jóvenes. Toda esa experiencia fue extraordinaria. Regresé a México porque me empezó a pasar una cosa, vas a decir que estoy loco o de personalidad dividida, pero después de 25 años en Inglaterra me di cuenta de que mi destino estaba marcado. De quedarme llegaría yo a los 60 años, la BBC me haría mi homenaje y podría comprarme una casa en el sur de Francia, sería un emérito igualito a los modelos de artista que se dan en Europa y sentí pánico, y dije: ‘No, no, no, yo quiero regresar a México. No quiero saber cómo va a ser mi futuro’. Y aquí estoy, en Mérida, y mi vida ha sido una aventura total.”

–¿En que consiste tu aventura?

–En ser parte de la vida cultural de mi país. La Orquesta Sinfónica de Yucatán toca mis obras una vez al año. ¿De qué vivimos? Mira, la mayoría de los músicos vive de dar clases, de ser académicos en una universidad. Yo tengo la suerte –como soy Premio Nacional– de contar con un pequeño salario que recibo de la Secretaría de Cultura y con eso me mantengo a flote, pero todo lo demás lo complemento con clases y encargos. Doy clases a principiantes en la Escuela Superior de Artes y son un montón de chicos y chicas super interesados que quieren ser compositores de música de cine.

–Ah, qué bueno que mencionas eso, porque también quería preguntarte de la música de cine, ya que tengo la sensación de que el director de la película pide: Hazme algo que se parezca a Debussy, a Eric Satie, a Ravel

–Esa problemática existe en México, pero no quiere decir que deje de haber compositores. Me preguntabas si hay músicos mexicanos o música mexicana reconocida internacionalmente, totalmente. O sea, a mí me reconocen más en otros países, la mayor parte de mis encargos son de otros países, de Estados Unidos, Francia o Inglaterra. Lo mismo les pasa otros compositores. Arturo recibe encargos de todo el mundo, Gabriela Ortiz también –la filarmónica de Los Ángeles le acaba de estrenar una obra, la orquesta de Liverpool también, en Inglaterra. A Arturo Márquez le toca sus obras la filarmónica de Berlín, y su caso es especial, porque en México ha tenido un gran pegue su Danzón número 2. En vez de Huapango, es lo que se toca ahora. Es muy gradual esto de la valoración. Los jóvenes compositores la tienen más dura para llegar.

Hitchcock, Korngold y Tarantino

–Lo que ha sucedido en el cine, sobre todo en Hollywood, es interesante, porque emergió todo un grupo de compositores europeos que fueron los creadores del estilo Hollywood, por decirlo de algún modo. Compositores como Bernard Herrmann, que hizo la música de las películas de Hitchcock, o Korngold, compositor alemán que vino a revolucionar la industria de la música en el cine y sabía fusilarse lo que fuera y, como dices tú, agarraba un pedacito de los Planetas, otro pedacito de Ravel e iba armando grandes obras sinfónicas, eso se grababa y se mezclaba con la película en forma espectacular.

–También Nino Rota fue un famosísimo acompañante de las películas de Fellini…

–En los años 80 y 90 empezó a surgir un personaje dentro de la producción de películas, que a mi manera de ver resultó nefasto para la valoración de la música: el musical advisor, una persona que le dice al director: ¿Sabes qué?, acá lo que hace falta es que pongas una canción de Lucha Villa, acá una de Chavela Vargas; sin ser músicos ni nada se toman ese derecho. Son como los curadores de arte, una bola de ignoramus, que con solo haber visto cuadros se convierten en jueces pero no son artistas, sino administradores que se erigen en expertos de arte. Eso ha tenido como consecuencia que unos directores han optado por dejar de usar a compositores, como Tarantino, en cuyas películas no hay música original, sino piezas de rock que a él le gustan…

–Si quieres poner a Wagner o a Chopin, los derechos, según entiendo, resultan impagables… Tratar con los herederos es un infierno…

–Tienes que pagar unos derechos grandes, pero lo que se ha ido perdiendo, no en el cine británico, mas sí en el estadunidense, es tener un compositor que también hace su aportación artística al producto final. Los compositores en Hollywood se han vuelto proveedores de música parecidos a la infame figura del musical advisor: “Oye, aquí me gustaría que sonara como El aprendiz de brujo, hazme algo así”. Son compositores que estudiaron, saben su oficio, pero todo un ejército de jovencitos con montones de computadoras y equipo, aparatos, librerías de sonidos te arman lo que quieras en dos días.

–¿Refritos?

–Está muy bien remunerado escribir música para cine, sobre todo si la película tiene visos de éxito comercial, el compositor puede ganar mucho dinero. Es mucho más redituable que dedicarse a componer música para salas de concierto. Muchos jóvenes lo ven como una vía fácil, pero lo único que hace además de su pasticcio es convertirse en chamberos y mercachifles a sueldo del gusto del musical advisor.

–¿Dónde estaría la salida o la salvación de la música mexicana?

–En que se conozca. No la conocemos. Por supuesto, en México no conocemos la música de John Adams ni la de Britten, tampoco otros clásicos, que hoy en el mundo son las grandes figuras de la creación musical, los grandes pensadores de la música.

–Pero vas a seguir…

–Para mí, escribir música es algo que me gusta hacer, me siento y lo disfruto y me apasiona. En el momento en que se acabe la pasión también se acabará mi vida. Mi motivación nunca ha sido ni la lana ni la fama, sino el placer de hacerlo. Mientras no pierda eso, todo va bien. Me imagino que es lo mismo para cualquier actividad artística; te tiene que seguir gustando.

–Sí, pero venirte a Yucatán, ¿te ha hecho cambiar de parecer?

–No, al contrario, tengo alumnos muy buenos y siempre me gustó mucho enseñar, lo gozo. Es muy lindo verlos, cómo se desarrollan, y es súper satisfactorio porque después de un año ves a personas cuya creatividad te llena. Ese proceso es una belleza, me encanta.

Vía La Jornada

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