El legado y la amistad que cosechó Sergio Pitol en el mundo literario fue recordado ayer por sus colegas, entre quienes caló hondo la noticia de su muerte.

El autor de El arte de la fuga, coincidieron sus amigos, es uno de los renovadores de la novela contemporánea en México, a quien no hemos sido capaces de valorar lo suficiente. Su literatura se distingue porque se vale de todos los géneros para contarnos, a manera de plática, sus historias, expresó el articulista y periodista cultural Javier Aranda.

Pitol es el último integrante de una generación que hoy ya no está, añadió el colaborador de La Jornada, “pero igual se incorporó a una nueva generación en la que se puede contar a Elena Poniatowska, José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis, quien fue su gran amigo, su cómplice de viajes y lecturas. En conjunto, ese grupo, precisamente, renovó muchas formas de la escritura, a través de la crónica, la biografía, y de la incrustación de diversos géneros para contarnos historias que compartieron con todos sus lectores.

“Como traductor, Pitol trabajó con lenguajes que en su momento nadie traducía. Parte de su genio proviene de esas literaturas poco conocidas y que circularon poco, las centroeuropeas y las rusas. En ese sentido, fue un gran traductor, un lector devoto de autores que en México no se tenían tan a la mano. Pitol era una persona muy divertida, compartida y generosa. Siempre con ánimo de hacer las cosas.

“Teníamos el proyecto de hacer un libro sobre su amigo Carlos Monsiváis. Pitol quería compartir ángulos que no se habían reconocido lo suficientemente de Monsiváis. Por cuestiones de salud del escritor, ese proyecto se enfrió. Sin embargo, conservo la visión de Pitol sobre Monsiváis, que a él le interesaba rescatar.

“Habría que ver si alguna editorial se podría interesar en publicar el trabajo. Su obra Una autobiografía soterrada es una muestra de cómo transita por los géneros, de cómo él se vuelve personaje y de cómo convive con otras personalidades.”

Príncipe en todos los sentidos

La escritora Margo Glantz lamentó la pérdida de su entrañable amigo, a quien conocía desde hace 40 años.

Dijo que recibió la noticia del fallecimiento de Pitol con extrema consternación; sabíamos que ya no estaba bien de salud desde hace mucho tiempo: ya no comía, no se movía, tuvo muchas complicaciones; desafortunadamente sabía que Sergio moriría pronto. El anuncio de su muerte me conmueve de una manera terrible.

Glantz recordó que fue hace año y medio cuando vio por última vez al autor de El mago de Viena. “Fui a Xalapa acompañada del escritor Mario Bellatin, estuvimos con Sergio tres días y él aún nos reconoció. La pasamos muy bien aunque lo noté muy deteriorado, no hablaba en absoluto y perdió lucidez. Aunque estaba feliz de estar con nosotros.

Mi amistad con él duró casi 40 años, fue bastante intensa y participamos en decenas de actividades juntos, hablábamos por teléfono casi diario, solía alojarse en mi casa cuando visitaba Ciudad de México.

Glantz insistió en que la única forma de mantener viva la memoria de Sergio Pitol es leyendo sus obras: Escribir como Sergio es una cosa maravillosa, la única forma de conocerlo a fondo es leyéndolo y releyéndolo para aprender de él y obtener más conocimiento.

Para Bárbara Jacobs, colaboradora de esta casa editorial, el fallecimiento de Sergio Pitol es demasiado triste, demasiada historia, una ausencia más en el panorama.

La poeta y editora Enzia Verduchi lamentó la partida de un gran escritor, gran traductor. Siempre estaré agradecida con él por las bellas páginas que nos dejó, por sus maravillosas conversaciones, por su finísimo sentido del humor, por su grandeza y su humildad. Lo extraño desde ya. Buen viaje, don Sergio, fue usted un príncipe en todos los sentidos.

Por su parte, la escritora Sandra Lorenzano expresó: Amo a Pitol y lo seguiré amando, por brillante, por cálido, por gran observador, por discreto, en un mundo donde la discreción es una excepción, por su agudeza, por su prosa excepcional, por su manejo del idioma, por su espíritu viajero e iconoclasta, por su irreverencia permanente. ¿Qué más se puede decir? Leerlo, leerlo, leerlo y seguir amándolo como a uno de los más grandes escritores de nuestra lengua.

Vía La Jornada

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